domingo, 23 de junio de 2013

Gotas de lluvia y notas de viaje (Epílogo)



Ahora que lo pienso, no  acerté a preguntarle su nombre.  El caso es que nuestro peculiar conductor, me explicaba ayer que a estas alturas del año no había razón para preguntarse por las pirañas del rio Hualanga.  Al ser escaso el caudal les era fácil encontrar alimento, y supongo que, como todo bicho viviente, una vez satisfechos sus instintos primarios se encontraban más mansas que hostiles. En cambio en épocas de crecidas, movidas por el hambre y la dificultad de hincarles el diente a sus presas habituales, entonces sí, se volvían sanguinarias y cabronas como siempre nos las han presentado en las películas;  era en ese contexto cuando resultaba conveniente andarse con cuidado. Aunque ni que decir tiene, ni por esas me planteaba yo abandonar nuestra balsa y poner a prueba tal razonamiento.

Es sorprendente, pero eso de estar en el corazón de la selva amazónica invita a pensar que el propio Amazonas se encuentra a la vuelta de cualquiera de estos densos cerros verdes. En cambio, nos encontrábamos a nada más y nada menos que 36 días de tarda navegación. Siendo por fortuna nuestro destino otro, mucho más próximo y accesible por carretera: la majestuosa Laguna Celeste,  que  bañaba el pequeño poblado de El Sauzal. Un remanso de paz en la accidentada y siempre crispada realidad social del país.  Un oasis en las antípodas de cualquier desierto.



 


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Por aquí, al igual que ocurre con las ciudades selváticas, los conflictos brillan por su ausencia. Se decía que la gente cultivaba arroz, vivía tranquila y eso sí… se emborrachaban siempre que les era posible. Tal era la cuestión, que alguna vez el gobierno local de turno pretendió imponer un horario para el bebercio, prohibiendo el consumo de alcohol a partir de las siete de la tarde. Pero la medida resulto tan impopular que el pueblo incluso se levantó en huelga y dicha pretensión quedo en nada. Con dos cojones, con las libertades no se juega. Y es que por estos lares “hasta la muerte de un mosquito zancudo es motivo de celebración” según me hacía saber, sonrisa inevitable, y sin perder de vista el tortuoso trazado del camino, nuestro chofer sin nombre, una vez  hubimos salvado el escollo de la balsa.          

También pude saber que por estas latitudes no tenían costumbre de acercarse los turistas, y que cuando lo hacían solían acudir desde no muy lejos.  Con lo que el hecho de saberme el único occidental en kilómetros a la redonda, el único demonio de piel blanca, me hacía sentir especial. Me invitaba a pensar que de alguna forma y aunque fuera de forma eventual, había burlado mis designios, el supuesto entorno de comodidad y seguridad al que se supone hemos de circunscribir nuestras jodidas vidas. Esas en las que apenas dejamos lugar para lo desconocido. Para descontaminarnos de la fatigosa rutina de los lunes.

Pero iba a resultar que no. Que para desgracia de esas sensaciones con los que yo me mecía placenteramente, justo y particularmente en esta semana una organización estadounidense en defensa de los pájaros había organizado un encuentro en torno al avistamiento de aves. Cincuenta mil dólares de premio irían destinados a aquel que retratara, cámara kilométrica en mano, las especies menos comunes de la región. Lo que se traducía en que de cuando en cuando, detrás de cualquier curva perdida aparecía algún gringo abrazado a sus prismáticos, salpicando mi protagonismo. Haciendo que mi presencia en los confines de la civilización no fuese ya, y nunca mejor dicho, tan rara avis como a mi me hubiese gustado.



La Laguna Celeste me esperaba en cualquier caso. La laguna y sus leyendas. Una de las cuales se elevaba sobre todas las demás. Aquella en la que cada año un varón se ahogaba en sus, en apariencia calmadas aguas, colmando los deseos de una sirena embaucadora. Leyendas o no, parece ser que estadísticas en mano así venía ocurriendo durante la última década. Un solo hombre por año, y siempre uno se ahogaba. Por eso, incluso para un orgulloso escéptico de mierda -como yo mismo he de considerarme en materia de creencias populares-, resultó una suerte de consuelo saber que un par de meses atrás un tipo hubiese honrado involuntariamente la tradición.
 
Lo jocoso del asunto era que casi siempre el ahogado era foráneo -un pequeño empresario de Trujillo en esta ocasión-, no tanto por cumplir con alguna cláusula estipulada, sino porque los lugareños evitaban bañarse hasta que algún pobre infeliz venido de fuera hubiese sido arrastrado por esa zorra lasciva con cola de pez. Entonces sí, a partir de ese momento desde los niños hasta sus madres se lanzaban sin reparo a refrescarse a las azules aguas de la laguna.        

           


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Ya hoy, un día después de la llegada a estas orillas, aquí me hallo por fin, recién amanecido y tras degustar un atípico desayuno de frutas de figuras  y colores imposibles, en este Edén sin cimentar. Con el contratiempo de la lluvia. Guareciéndome bajo el rudimentario porche de hojas de palmera de la cabaña, de un fugaz aguacero, que a su vez me refugia de las convenciones del mundo moderno. Y es que, como en algún momento del camino ya me hicieran saber “aquí en la Amazonía llueve de media unos doscientos días al año”.  Parece ser que este tocaba.

Aunque lejos de maldecir, decido optar por disfrutarlo. Se me vienen entonces también a la cabeza las palabras de una pequeñaja, que hace unos días, chapoteando en la calle con sus botas de agua, me contaba que el de la lluvia era su sonido preferido de la naturaleza. Yo, que hasta la fecha nunca había reparado en hacerme a mí mismo esa pregunta, no supe contestarle cual era el mío.

Razón no le faltaba a la chibola. En estos lugares llueve solemnemente, es otra música. Eléctrica por momentos y que sin embargo induce a la calma. Un espectáculo sereno con el que evadirse más si cabe del asfalto y del despertador; del hedor, al final inevitable, de los hospitales; de la muerte lenta de las oficinas ¿Qué se puede hacer sino un día lluvioso en medio de ninguna parte? Tomárselo con calma me digo, joder. Escribir un rato, incluso. Esperando tal vez releer estas líneas dentro de unos años, y sonreírle a la naturaleza escapista que al menos, y aun a pesar de mis flaquezas, en algún momento supe poner en práctica.



Y luego, cuando cese el aluvión, ya habrá tiempo de averiguar donde es posible hacerse con unas cervezas. De desperezarse del viaje y brindar, entonces sí conforme a las costumbres locales, bajo el sol inmisericorde de la selva que tarde o temprano siempre regresa a su altar.

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