Ahora que lo pienso,
no acerté a preguntarle su nombre. El caso es que nuestro peculiar conductor, me
explicaba ayer que a estas alturas del año no había razón para preguntarse por
las pirañas del rio Hualanga. Al ser
escaso el caudal les era fácil encontrar alimento, y supongo que, como todo
bicho viviente, una vez satisfechos sus instintos primarios se encontraban más
mansas que hostiles. En cambio en épocas de crecidas, movidas por el hambre y
la dificultad de hincarles el diente a sus presas habituales, entonces sí, se
volvían sanguinarias y cabronas como siempre nos las han presentado en las
películas; era en ese contexto cuando
resultaba conveniente andarse con cuidado. Aunque ni que decir tiene, ni por
esas me planteaba yo abandonar nuestra balsa y poner a prueba tal razonamiento.
Es sorprendente, pero eso de estar en el corazón de la selva amazónica invita a pensar que el propio Amazonas se encuentra a la vuelta de cualquiera de estos densos cerros verdes. En cambio, nos encontrábamos a nada más y nada menos que 36 días de tarda navegación. Siendo por fortuna nuestro destino otro, mucho más próximo y accesible por carretera: la majestuosa Laguna Celeste, que bañaba el pequeño poblado de El Sauzal. Un remanso de paz en la accidentada y siempre crispada realidad social del país. Un oasis en las antípodas de cualquier desierto.
Es sorprendente, pero eso de estar en el corazón de la selva amazónica invita a pensar que el propio Amazonas se encuentra a la vuelta de cualquiera de estos densos cerros verdes. En cambio, nos encontrábamos a nada más y nada menos que 36 días de tarda navegación. Siendo por fortuna nuestro destino otro, mucho más próximo y accesible por carretera: la majestuosa Laguna Celeste, que bañaba el pequeño poblado de El Sauzal. Un remanso de paz en la accidentada y siempre crispada realidad social del país. Un oasis en las antípodas de cualquier desierto.
..
Por
aquí, al igual que ocurre con las ciudades selváticas, los conflictos brillan
por su ausencia. Se decía que la gente cultivaba arroz, vivía tranquila y eso
sí… se emborrachaban siempre que les era posible. Tal era la cuestión, que
alguna vez el gobierno local de turno pretendió imponer un horario para el
bebercio, prohibiendo el consumo de alcohol a partir de las siete de la tarde.
Pero la medida resulto tan impopular que el pueblo incluso se levantó en huelga
y dicha pretensión quedo en nada. Con dos cojones, con las libertades no se
juega. Y es que por estos lares “hasta la muerte de un mosquito zancudo es
motivo de celebración” según me hacía saber, sonrisa inevitable, y sin perder
de vista el tortuoso trazado del camino, nuestro chofer sin nombre, una
vez hubimos salvado el escollo de la
balsa.
También pude saber que por estas latitudes no tenían costumbre de acercarse los turistas, y que cuando lo hacían solían acudir desde no muy lejos. Con lo que el hecho de saberme el único occidental en kilómetros a la redonda, el único demonio de piel blanca, me hacía sentir especial. Me invitaba a pensar que de alguna forma y aunque fuera de forma eventual, había burlado mis designios, el supuesto entorno de comodidad y seguridad al que se supone hemos de circunscribir nuestras jodidas vidas. Esas en las que apenas dejamos lugar para lo desconocido. Para descontaminarnos de la fatigosa rutina de los lunes.
También pude saber que por estas latitudes no tenían costumbre de acercarse los turistas, y que cuando lo hacían solían acudir desde no muy lejos. Con lo que el hecho de saberme el único occidental en kilómetros a la redonda, el único demonio de piel blanca, me hacía sentir especial. Me invitaba a pensar que de alguna forma y aunque fuera de forma eventual, había burlado mis designios, el supuesto entorno de comodidad y seguridad al que se supone hemos de circunscribir nuestras jodidas vidas. Esas en las que apenas dejamos lugar para lo desconocido. Para descontaminarnos de la fatigosa rutina de los lunes.
Pero
iba a resultar que no. Que para desgracia de esas sensaciones con los que yo me
mecía placenteramente, justo y particularmente en esta semana una organización
estadounidense en defensa de los pájaros había organizado un encuentro en torno
al avistamiento de aves. Cincuenta mil dólares de premio irían destinados a
aquel que retratara, cámara kilométrica en mano, las especies menos comunes de
la región. Lo que se traducía en que de cuando en cuando, detrás de cualquier
curva perdida aparecía algún gringo abrazado a sus prismáticos, salpicando mi
protagonismo. Haciendo que mi presencia en los confines de la civilización no
fuese ya, y nunca mejor dicho, tan rara avis como a mi me hubiese gustado.
La
Laguna Celeste me esperaba en cualquier caso. La laguna y sus leyendas. Una de
las cuales se elevaba sobre todas las demás. Aquella en la que cada año un
varón se ahogaba en sus, en apariencia calmadas aguas, colmando los deseos de
una sirena embaucadora. Leyendas o no, parece ser que estadísticas en mano así
venía ocurriendo durante la última década. Un solo hombre por año, y siempre
uno se ahogaba. Por eso, incluso para un orgulloso escéptico de mierda -como yo
mismo he de considerarme en materia de creencias populares-, resultó una suerte
de consuelo saber que un par de meses atrás un tipo hubiese honrado
involuntariamente la tradición.
Lo
jocoso del asunto era que casi siempre el ahogado era foráneo -un pequeño
empresario de Trujillo en esta ocasión-, no tanto por cumplir con alguna
cláusula estipulada, sino porque los lugareños evitaban bañarse hasta que algún
pobre infeliz venido de fuera hubiese sido arrastrado por esa zorra lasciva con
cola de pez. Entonces sí, a partir de ese momento desde los niños hasta sus
madres se lanzaban sin reparo a refrescarse a las azules aguas de la laguna.
...
Ya
hoy, un día después de la llegada a estas orillas, aquí me hallo por fin,
recién amanecido y tras degustar un atípico desayuno de frutas de figuras y colores imposibles, en este Edén sin
cimentar. Con el contratiempo de la lluvia. Guareciéndome bajo el rudimentario
porche de hojas de palmera de la cabaña, de un fugaz aguacero, que a su vez me
refugia de las convenciones del mundo moderno. Y es que, como en algún momento
del camino ya me hicieran saber “aquí en
la Amazonía llueve de media unos doscientos días al año”. Parece ser que este
tocaba.
Aunque
lejos de maldecir, decido optar por disfrutarlo. Se me vienen entonces también
a la cabeza las palabras de una pequeñaja, que hace unos días, chapoteando en
la calle con sus botas de agua, me contaba que el de la lluvia era su sonido
preferido de la naturaleza. Yo, que hasta la fecha nunca había reparado en
hacerme a mí mismo esa pregunta, no supe contestarle cual era el mío.
Razón
no le faltaba a la chibola. En estos lugares llueve solemnemente, es otra
música. Eléctrica por momentos y que sin embargo induce a la calma. Un
espectáculo sereno con el que evadirse más si cabe del asfalto y del
despertador; del hedor, al final inevitable, de los hospitales; de la muerte
lenta de las oficinas ¿Qué se puede hacer sino un día lluvioso en medio de
ninguna parte? Tomárselo con calma me digo, joder. Escribir un rato, incluso.
Esperando tal vez releer estas líneas dentro de unos años, y sonreírle a la naturaleza
escapista que al menos, y aun a pesar de mis flaquezas, en algún momento supe
poner en práctica.
Y
luego, cuando cese el aluvión, ya habrá tiempo de averiguar donde es posible
hacerse con unas cervezas. De desperezarse del viaje y brindar, entonces sí
conforme a las costumbres locales, bajo el sol inmisericorde de la selva que tarde
o temprano siempre regresa a su altar.
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