Ahora que lo pienso,
no acerté a preguntarle su nombre. El caso es que nuestro peculiar conductor, me
explicaba ayer que a estas alturas del año no había razón para preguntarse por
las pirañas del rio Hualanga. Al ser
escaso el caudal les era fácil encontrar alimento, y supongo que, como todo
bicho viviente, una vez satisfechos sus instintos primarios se encontraban más
mansas que hostiles. En cambio en épocas de crecidas, movidas por el hambre y
la dificultad de hincarles el diente a sus presas habituales, entonces sí, se
volvían sanguinarias y cabronas como siempre nos las han presentado en las
películas; era en ese contexto cuando
resultaba conveniente andarse con cuidado. Aunque ni que decir tiene, ni por
esas me planteaba yo abandonar nuestra balsa y poner a prueba tal razonamiento.
Es sorprendente, pero eso de estar en el corazón de la selva amazónica invita a pensar que el propio Amazonas se encuentra a la vuelta de cualquiera de estos densos cerros verdes. En cambio, nos encontrábamos a nada más y nada menos que 36 días de tarda navegación. Siendo por fortuna nuestro destino otro, mucho más próximo y accesible por carretera: la majestuosa Laguna Celeste, que bañaba el pequeño poblado de El Sauzal. Un remanso de paz en la accidentada y siempre crispada realidad social del país. Un oasis en las antípodas de cualquier desierto.
Es sorprendente, pero eso de estar en el corazón de la selva amazónica invita a pensar que el propio Amazonas se encuentra a la vuelta de cualquiera de estos densos cerros verdes. En cambio, nos encontrábamos a nada más y nada menos que 36 días de tarda navegación. Siendo por fortuna nuestro destino otro, mucho más próximo y accesible por carretera: la majestuosa Laguna Celeste, que bañaba el pequeño poblado de El Sauzal. Un remanso de paz en la accidentada y siempre crispada realidad social del país. Un oasis en las antípodas de cualquier desierto.