martes, 28 de febrero de 2012

Con la sonrisa puesta

Encontrarte en los sumideros de mi realidad, bajo las decepciones de los silencios eternos, bajo el yugo de la distancia por obligación. Encontrarte serena y afable, con ojos que me tientan a salvar la distancia, que separa la confianza de la frustración.

Perdido y encantado, aunque nada haya cambiado, sabiendo que los recuerdos no sólo forman parte de mi realidad. Redimido de la pose de verdugo que cercena cualquier intento de ilusión perdida. Valiente y confiado porque ya no me siento capitán de un barco hundido. Soñador pasado que relata medias verdades para sentir un poquito de calor.

Perdonada la desconfianza que generan las palabras que nunca salieron de mi boca. Y aún así nada cambia y a conciencia he vuelto a dar la cara, siempre llegando a tus palabras, no doy la batalla por ganada, porque el miedo acaba haciendo tu tumba más ancha antes de estirar la pata.

No renuncio a caerme por el precipicio que separa nuestros mundos pero antes quiero sentarme con los pies colgando, disfrutando del momento, antes de comerme la pared. Hay que joderse, que nunca llegue a entender tu mente, que por muchas veces que pongan la misma escena nunca me aprenderé las palabras que llevan a doblegarte, que este papel siempre las recuerde.

Ya no valen las excusas y nadie sabrá por qué en los esquivos pensamientos colectivos ya no entran mis palabras, que serán igual de tristes que las que por desgracia me hacen soportar, y que no alimentaré de especulaciones que acaben por dilapidar mi realidad.

Ahora sí, me toca apostar por la carta más baja, porque no tengo nada que perder y me importa una mierda como acabe la partida si tengo un as en la manga, que no valga nada pero que me haga sonreír. Y me quedo viendo los atardeceres en silencio, con los ojos entrecerrados, pensando que todavía tengo mi momento.

Ya no hay excusa, perdona que te moleste, pero si no me arriesgo me voy a quedar con la cara de tonto, y ya veo muchas por la calle para querer juntarme con tanto ganador ganado.

viernes, 24 de febrero de 2012

Charcos de lluvia y fusiles de guerra (IV)


Apenas toco el suelo cuando me entrego sin pensarlo a un riff o a una base rítmica. A cualquier melodía que me arranque del pavimento y me meza entre endorfinas. Con las notas deslizándose por el tobogán de mis oídos, espoleadas desde un MP3 de esos viejos con forma de supositorio, de aquellos de antes, de un giga y una pila, rojo y descorchado el mío, que no cambiaría por ningún iPod metalizado. Ni por las horas extras de desdicha gratuita que tendría que currar para poder pagarlo.

Hay algo de clandestino en escaparse un rato antes del trabajo, con el incógnito que brinda el chubasquero, para dejarse caer a correr junto a la playa mojada, entre lluvia y soledades compartidas. A última hora de la mañana de un jueves cualquiera, a esa hora, en que las corralas se inundan de olores de guisos exquisitos cocidos a fuego lento por las Doñas de familia.

domingo, 5 de febrero de 2012

Dios ha muerto

y nos ha dejado aquí en pelotas
a verlas venir,
incapaces
de sostener
un mismo estado de ánimo
de lunes a domingo.

Desolados,

ante el reto de ingerir
dos litros de agua diarios
lavarnos tres veces los piños,
comer todas esas frutas y verduras
que nos regulen el pehache del alma.

Dios ha muerto
y de su cadáver ha germinado
un absurdo mundano
de coches color verde aceituna
y palillos de dientes usados
esparcidos por el suelo

Lo cierto es
que nos ha dejado bien jodidos,

supurando azufre macerado,
cultivando malas costumbres,
vendiendo principios al por mayor
por una bocanada de almizcle

sonriendo como gilipollas
para que alguién recuerde la foto
como si fueran buenos tiempos

Dios ha muerto,

Nietzsche apretó el gatillo,
y algunos pocos,
-los mas honestos quiero pensar-
cargamos con el cadáver
sobre los hombros
por ser más honesto eso
que escurrir el bulto

miércoles, 1 de febrero de 2012

La culpa fue de Charlie Parker

Asoman al fondo de la nevera
los restos de una cuña de queso de oveja,
y algunas lonchas de jamón cocido
qué bien me valen como cena de soltero
si los caso con desgana y pan de molde,

además mientras disponga yo del embutido
este banquete huérfano de perdices
me tendrá por padre orgulloso y satisfecho,

que cojones,

con la radio acompañándome el sentimiento
y salvándome de paso de las inútiles discusiones
de la pareja de desenamorados del tercero;

Con lo que no contaba es con que
al ir llevando la bandeja en volandas
me iba a invitar la vida a hacer un pase de baile
ridículo y temerario al son imprevisto
de una canción de Charlie Parker,

dando al traste con la cena, claro,
y con la cerveza lamiendo las baldosas,
y la complicidad del espejo del fondo del pasillo
que me devuelve el reflejo de ese crío que fui,
sonrisa burlona indescifrable,
amenazando con dominar el mundo
mientras empuña
un cuchillo de mantequilla.